Literartura.

 

La presencia de los Vampiros en la literatura abarca un campo literario centrado en torno a la figura del vampiro y los elementos asociados a la misma, con diversas variantes. La primera aparición del vampiro literario se produjo en las baladas góticas del siglo XVIII, saltando al ámbito de la novela con The Vampyre de Polidori (1819) y posteriormente se popularizaría como figura de los relatos de terror. La historia de Carmilla (1872) de Sheridan Le Fanu resultó muy influyente en el género, así como para perfilar la imagen del vampiro gótico, pero sin duda la obra maestra y completa del género es Drácula de Bram Stoker (1897). Desde el siglo XX las historias de vampiros se han diversificado, no sólo aportando elementos nuevos, sino también introduciendo elementos de otros géneros como las novelas de suspense, fantasía, ciencia ficción y otros géneros menos habituales. Además de las tradicionales criaturas no muertas bebedoras de sangre, el vampirismo se ha extendido a otro tipo de seres como alienígenas o incluso animales. Otros “vampiros” de ficción se alimentan de energía vital en lugar de sangre.

Rasgos de los vampiros literarios

Los rasgos del vampiro literario han evolucionado a partir de los repulsivos monstruos del folklore popular, criaturas bestiales y de rasgos desagradables, sujetos a extrañas limitaciones y con comportamiento depredador, que se trata de simples cadáveres animados. La tez de estos vampiros suele ser rojiza e hinchada, sobre todo después de haber bebido sangre.

 A partir del siglo XIX el vampiro tiende a humanizarse, adquiriendo la figura de un aristócrata pálido, romántico, elegante y de un atractivo sexual ambiguo y en ocasiones trasgresor. Como los vampiros del folklore los vampiros románticos necesitan beber sangre y no necesitan comida, agua ni oxígeno. En ocasiones son por completo incapaces de comer comida humana. Estos vampiros adoptan y fingen comportamientos humanos, para camuflarse entre sus potenciales víctimas y evitando ser descubiertos. No obstante, tanto vampiros folklóricos como literarios suelen ser afectados por las mismas limitaciones como símbolos religiosos, ajo, estacas, etc. En los primeros relatos, y desapareciendo progresivamente, suele aparecer cierta influencia lunar, que permanece en los límites temporales de actividad de los vampiros. Aunque con excepciones, por lo general se trata de criaturas con hábitos nocturnos.

 También en Drácula, el cazador de vampiros Abraham Van Helsing afirma que un vampiro puede ser destruido atravesando su corazón con una estaca de madera, preferiblemente de espino blanco, sumergiéndolo en una corriente de agua o incinerándole. El cuerpo del vampiro debe ser decapitado, su boca rellenada con ajos, agua bendita y reliquias, el cuerpo despedazado y entonces quemado y las cenizas esparcidas a los cuatro vientos. La destrucción de la vampira Lucy Westenra sigue el proceso de estaca en el corazón, decapitación y ajo en la boca, pero sin embargo, el Conde Drácula es destruido con un cuchillo kukri, no con una estaca de madera. Según el folklore tradicional y la propia novela de Drácula la luz del sol no es fatal para los vampiros, aunque prefieren actuar de noche. Drácula se pasea durante el día, aunque parece incómodo y no utiliza sus poderes, como convertirse en murciélago o niebla, que podría utilizar para escapar de sus perseguidores cuando es atacado en su refugio durante el día en el relato.

 En las novelas y relatos del siglo XX se aprecia una tendencia hacia una progresiva humanización de los vampiros, y los diversos autores eligen diversos rasgos, desechan otros o inventan algunos nuevos, al mismo tiempo que se desarrollan teorías objetivas para justificar su existencia. Algunos ni siquiera son muertos vivientes, sino especies distintas a la humana.

 Según el folklore, una de las protecciones contra los vampiros es arrojar un puñado de granos de trigo o cereal cerca de las camas, pues se dice que si un vampiro se tropieza con ellos se verá obligado a contarlos uno tras otro hasta terminar. La aplicación más conocida de este rasgo aparece en el Conde Drake o Conde Contar, un personaje del show infantil de Barrio Sésamo. Este rasgo también ha aparecido en la serie televisiva de Expediente X y en la novela Carpe Jugulum de Terry Pratchett.

 Otros vampiros muestran poderes mágicos que les permiten controlar a los animales, el tiempo atmosférico, o crear ilusiones. Sólo en algunas ocasiones la figura del vampiro se asimila con la del hechicero.

 En resumen puede decirse que desde sus encarnaciones como monstruosos cadáveres animados en el folklore popular a partir del siglo XVIII la figura del vampiro va adquiriendo cada vez más rasgos humanos, convirtiéndose poco a poco en un elegante adversario, un antihéroe trágico, o incluso adquirir más emociones y rasgos humanos. En cierto sentido, la evolución de la literatura de vampiros avanza hacia una progresiva “humanización”.

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Una respuesta to “Literartura.”

  1. Auxilili Says:

    Estaba buscando información sobre el vampiro en el siglo XIX y me ha sido muy útil este artículo. Deja clara la evolución que tuvo este ser nocturno en la literatura de hace unos siglos. Muy buena recopilación.

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